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Noelia se pregunta, ahora que ha cumplido ochenta y tres años, si alguien habrá soñado con ella. Ha llegado a la vejez sin pareja y sin hijos, y tiene un reducido cÃrculo de amigos. No cree en ningún dios, pero los jueves se confiesa con don Marcos, amigo y capellán del colegio donde fue maestra. Vivir sin certezas tiene sus ventajas. Unas veces decide llamarse Noelia y otras Adelfa. De sus sobrinos dice que son sus nietos, y a sus vecinos les pone motes porque no sabe ni le importa cómo se llaman. Su vida era perfecta y no lo sabÃa. Se da cuenta en estos momentos, cuando tiene que cuidar a su hermana y a su cuñado, demasiado ancianos para ser autónomos. Mientras chatea algunas noches con otro profesor también jubilado y observa la vida de los demás, recuerda con humor la suya. El mal de la risa habla de lo poco que sabemos de quienes nos rodean, y hurga en esa fantasÃa animada que es la familia perfecta.
