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RamĂłn AcĂn nos ofrece en Un andar que no cesa un conjunto de textos, de carácter fragmentario y netamente autobiográfico, donde más allá del vĂ©rtigo de la prisa reivindica el carácter terapĂ©utico de todo viaje, bálsamo contra el chauvinismo, la incultura, la nostalgia o la melancolĂa. En cada uno de estos periplos, «el viajero» se siente y ejerce como tal en muy distintas facetas: con algo de turista curioso, o de simple visitante que da cuenta de lo que ve, pero no renuncia a la aventura; de investigador y ávido lector –que reivindica la lectura de los viajes de papel, desde el sofá de cada cual–; de estudioso que se documenta, explora, certifica; y de narrador y ensayista que termina escribiendo el conjunto de teselas que conforman este acrisolado volumen.
Si la vida es viajar, los viajes son su aliento, un andar y un latir que se alimentan de la capacidad de asombro del viajero, que al fugarse de sĂ mismo, de lo que conoce y le da seguridad, se adentra en lo distinto, en la incertidumbre, para callejear y perderse sin rumbo y asà –una vez desvanecido el cĂłmodo suelo de la costumbre bajo sus pies, y rota la monotonĂa de lo previsible– encontrarse con lo desconocido y sobre todo encontrase, con nuevos ojos, a sĂ mismo. RamĂłn AcĂn nos ofrece en Un andar que no cesa un conjunto de textos, de carácter fragmentario y netamente autobiográfico, donde más allá del vĂ©rtigo de la prisa reivindica el carácter terapĂ©utico de todo viaje, bálsamo contra el chauvinismo, la incultura, la nostalgia o la melancolĂa. En cada uno de estos periplos, «el viajero» se siente y ejerce como tal en muy distintas facetas: con algo de turista curioso, o de simple visitante que da cuenta de lo que ve, pero no renuncia a la aventura; de investigador y ávido lector –que reivindica la lectura de los viajes de papel, desde el sofá de cada cual–; de estudioso que se documenta, explora, certifica; y de narrador y ensayista que termina escribiendo el conjunto de teselas que conforman este acrisolado volumen. Estos cuadernos de viaje dan fe de sus itinerarios por Sicilia, el VĂ©neto, Bruselas o Egipto; o proporcionan un relato personal y estremecedor de dos singladuras de carácter bĂ©lico, que tienen mucho de conciencia y memoria histĂłrica: uno, a los diversos emplazamientos aragoneses que fueron frente durante la Guerra Civil; otro, a los enclaves principales de la batalla de NormandĂa durante la Segunda Guerra Mundial. No falta en este libro, lleno de las obsesiones, los gustos y las querencias que motivan a este «viajero accidental», una inmersiĂłn literaria por la España vaciada y muchos de sus pueblos deshabitados; asĂ como un pormenorizado rastreo de las huellas del paso de Francisco de Goya por AragĂłn. El libro se cierra con un hermoso relato sobre sus andanzas por el Somontano de Barbastro y AlquĂ©zar. Como dirĂa Marcel Proust, «viajar no es cambiar de paisaje, es cambiar de mirada».